Editoriales de GONZALO LEAÑO REYES…

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LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO CONMOVIÓ A MEXICO

03 12 2016 Gonzalo Leaño Reyes

La visita del Papa Francisco conmovió profundamente a nuestro país, desde el momento de su arribo a la Ciudad de México hasta el momento de su partida desde la fronteriza Ciudad Juárez. Esta no es la primera visita de un sumo pontífice de la Iglesia Católica a México, sino la séptima que un Papa realiza a nuestra patria, cada una de ellas en su momento tuvieron un impacto importante en la vida de nuestros compatriotas

Sin embargo la visita de su santidad Francisco, que acaba de concluir, ha sido la más conmovedora e impactante de todas las anteriores, no sólo por la duración de la misma, sino por la gran variedad de temas, lugares y personas a las que el Papa tuvo acceso en su visita; por la amplia cobertura mediática que se le dio al evento, y por los millones de personas que vieron y escucharon sus mensajes, sermones, homilías, consejos y hasta bromas y confidencias mezcladas con un profundo sentido de la realidad y de la verdadera situación de nuestra patria.
El Papa vino a México y con entera libertad dijo lo que él quería decir, no eludió tema alguno, ni censuró, ni descalificó a personajes, grupos e instituciones, sino que señaló los más graves problemas que enfrenta México, principalmente señaló la violencia, la corrupción y el narcotráfico como los más graves problemas que enfrenta nuestra patria.

A los gobernantes les pidió seguir trabajando con honradez y honestidad y sin ceder a la corrupción y el chantaje de los grupos criminales principalmente del narcotráfico que corrompen a nuestra juventud. A los políticos les pidió honradez; a los obispos y sacerdotes los exhortó a no claudicar ni traicionar su misión apostólica; a los empresarios, a no explotar a los trabajadores, y a la sociedad en general, evitar el afán de lucro y enriquecimiento. A los campesinos y obreros los exhortó a cumplir con sus responsabilidades; a los hijos y jóvenes, a respetar a sus padres; a las familias, esposos y esposas, a no termi­nar su jornada sin haberse reconciliado si hubiera habido algún problema o dificultad entre ellos.

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El Papa habló del amor a Dios, de la paz, el respeto y sobre todo de una total fe en Dios y de su profundo amor por la Virgen de Guadalupe. Fue precisamente en la basí­lica al pie del Tepeyac donde inició su amplio peregrinar por nuestra patria. El Papa Francisco no se condujo como un líder de­magogo o populista, en busca de votos o reconocimiento, sino como un auténtico pastor de la grey católica, apos­tólica y romana, que constituye la mayoría de feligresía religiosa de México.

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El resultado positivo de esta visita papal está todavía por observarse, el tema central ha sido el llamado a la unidad, la responsabilidad, el trabajo honesto y la lucha frontal contra la corrupción, el narcotráfico, el vicio y la desunión de los mexicanos, el renacimiento moral y es­piritual de nuestro México, la preservación de la familia como núcleo esencial de la sociedad, de la paz, la armo­nía, la caridad y el amor a Dios y a nuestra patria.

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La visita de Francisco a México

La visión de un periodista CARMEN ARISTEGUI

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“¡Todos somos Ayotzinapa!”, repitió varias veces Enrique Peña Nieto en el discurso de ayer, buscando empatía con una sociedad escéptica.

Aunque aludió en términos generales a las manifestaciones, a las opiniones críticas, Peña Nieto evitó, por todo lo alto, cualquier mención que le resultara incómoda. Cero autocrítica.

Tan sólo dijo “México debe cambiar”. Expuso un decálogo de medidas que apuntan a más control, más centralización y más intervención sobre todo en la vida municipal. El intento fue insuficiente. Sus propuestas no parecen imaginativas y algunas tienen aroma de reciclado.

Decir, a estas alturas, que se va a enviar una iniciativa de Ley Contra la Infiltración del Crimen Organizado, que permita intervenir cuando exista colusión del crimen con los municipios, da una idea de dónde andamos parados. Será porque no estaba esa ley que no pudieron actuar contra el Señor Abarca.

Hay que “redefinir competencias”, porque algunas autoridades más bien se hacen guajes, parece decir el Presidente. Plantea endurecer controles y sancionar a quien se oponga al mando único policiaco. Un teléfono de emergencia para el llamado ciudadano. Una “clave única de identidad”, que evoca al proyecto de García Luna y que deberán explicar.

Sobre el tema de los desaparecidos se pone en evidencia la inacción e ineficacia que ha prevalecido a lo largo de muchos años. Se anuncia un “sistema nacional de búsqueda de personas no localizadas” y un “sistema nacional de información genética”. ¿Apenas?, diría cualquiera. Increíble que, con decenas de miles de desaparecidos, apenas se esté planteando lo más básico de lo básico.

Ante lo ineludible del tema, se anuncia la aprobación de leyes anticorrupción.

Peña Nieto se suma a la idea de crear un Sistema Nacional Anticorrupción que fortalezca a la Auditoría Superior de la Federación, con mecanismos ágiles para denunciar, que permita sancionar a empresas que se coludan con funcionarios y que establezca esquemas de vigilancia ciudadana para las autoridades.

Sin hacer alusión a nada en particular, Peña Nieto anunció una Iniciativa Nacional de Reforma a la Ley de Obras Públicas para que la licitación de megaproyectos se dé en condiciones de transparencia. El fantasma de un tren pasó rozando la escena.

Como respuesta a la crisis, dijo que instruyó a la Función Pública para crear un portal que tenga los contratos de la administración pública y lograr mejores niveles de transparencia. Habrá que ver de qué se trata, porque hay algo que se le parece, conocido como Compranet.

Aludir a los dos Méxicos llevó a Peña Nieto a plantear un país diferenciado en términos fiscales. Tres zonas económicas especiales para incentivar el desarrollo en las regiones más pobres llevará también su tiempo. La iniciativa en cuestión será enviada al Congreso en febrero.

Algunas medidas con mayor sentido de urgencia están planteadas a través de un programa de empleo temporal, uno emergente para el campo y una atención especial para los cafetales y para Acapulco.

No hubo ningún anuncio, por lo pronto, sobre la forma en que está montado hoy el funcionamiento del gobierno. No hubo autocrítica. No hubo remociones. Ningún mea culpa sobre ningún tema.

El único momento donde Peña Nieto trató de enviar un mensaje de empatía con la población fue cuando dijo, repetidamente: “¡Todos somos Ayotzinapa!”.

No dijo ni media palabra sobre la matanza de Tlatlaya, tampoco sobre las acusaciones de violencia inducida en las manifestaciones pacíficas; nada dijo sobre la “Casa Blanca”, tampoco de la otra residencia puesta a su servicio por el contratista preferido en tiempos de campaña. No habló de la brutalidad policiaca del 20 de noviembre, ni de la guardería ABC, cuyos padres siguen tocando a su puerta sin ser recibidos. ¿Por qué no dio parte sobre el presunto secuestro masivo de adolescentes en Cocula? ¿No tenía nada que decir sobre los feminicidios en el Estado de México o sobre la orden internacional de captura que pesa sobre Arturo Montiel?

La profunda crisis de credibilidad por la que atraviesa, no sólo Peña Nieto, sino la clase política nacional, obligaba al mandatario a enviar un mensaje fuerte y directo. Distinto a los que hasta hoy se le han escuchado. El discurso de ayer tenía que haber pasado por un mínimo de autocrítica. Dejarse de rodeos y omisiones. Si Peña Nieto intenta salvarse, tendría que empezar a llamar a las cosas por su nombre.

La dimensión de la crisis para Peña se refleja en miles de voces que exigen su renuncia en las calles y en las redes. ¿No era ayer el tiempo para hacer frente a eso?

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