Monsivais conoce el orden… al fin

¿Qué ha pasado con los tesoros 
de Carlos Monsiváis?

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Alberto Tavira (@BetoTavira)

El 4 de mayo hubiera cumplido 73 años. El escritor Carlos Monsiváis, quien falleció el pasado 19 de junio de 2010, probablemente se hubiera dejado consentir por sus amigos con alguna celebración, pero existe la misma probabilidad de que no. “Todo dependía del humor con el que se despertara. Carlos en algunas ocasiones era un hombre difícil de entender y el día de su cumpleaños no era la excepción”, comenta para Animal Político Beatriz Sánchez Monsiváis, prima de uno de los más importantes cronistas del México contemporáneo.

La señora Sánchez –quien todo mundo conoce como Bety–, además de trabajar con Carlos como su asistente desde 1985, forma parte de los herederos de “Los tesoros de Monsiváis”: colecciones que comprenden un importante acervo de libros, películas, música, pinturas, fotografías, litografías, maquetas en miniatura y objetos que el intelectual mexicano fue haciendo suyos a lo largo de casi 40 años.

La biblioteca por fin conoce el orden

Entrevistada en la casa de la colonia Portales que el ensayista ocupó durante las últimas décadas de su vida, Bety asegura que limpiar y poner orden en la biblioteca de Monsiváis ha sido lo más titánico que le ha tocado hacer en este último año. “Yo calculo que 10 meses antes de morir Carlos ya no se ocupó de su biblioteca, ya no acomodó los libros. A pesar de que era muy desordenado generalmente lo que hacía era amontonar los ejemplares en libreros que tenía divididos por temas. Al final ya ni eso hacía. Luego de su muerte pasaron cinco meses para que nosotros empezáramos a poner orden”.

En la que fuera la sala –en la planta baja de la casa de Monsiváis– se quitaron los sillones viejos y maltratados por los gatos y en su lugar se pusieron cuatro anaqueles de metal en los que se acomodaron libros que Carlos tenía en dos grandes libreros en su cuarto. En este nuevo espacio también se incluyeron ejemplares que habitaban en el piso u ocultando a otros, amontonados en libreros con doble fondo.

La encargada de ponerle fin al caos asegura que por ahora el proyecto se encuentra en la etapa de acomodo y limpieza de los libros. Es decir, los ejemplares están colocados aleatoriamente unos con otros. En una segunda fase se estará catalogando la obra del escritor y, ahora sí, dividiendo por autores y temas.

Ante la pregunta de que si hay alguna institución gubernamental que les esté ayudando con personal o recursos económicos para el mantenimiento de la biblioteca, Bety asegura que no. Que ella misma contrató a particulares para aspirar los libros, fumigar la casa (en dos ocasiones) y acomodar los ejemplares en estantes nuevos. “Había muchos material que necesitaba restauración y yo lo llevé para que lo arreglaran. Ese gasto está corriendo por cuenta de la familia”.

En un primer conteo de los libros que conforman la biblioteca de Monsiváis, Bety asegura que hay alrededor de 25,000 ejemplares que, por supuesto, ni siquiera se les ha ocurrido la idea de vender. “Lo que nos gustaría es que esto de pie a una biblioteca pública que lleve el nombre de Carlos Monsiváis. Ya estoy en pláticas con el Conaculta”.

Las películas rumbo a un cineclub

No se atreve a dar una cifra la heredera de Monsiváis. Pero la colección de películas (en DVD, VHS y BETA) del escritor es tan grande como su afición por el cine. “Afortunadamente ese material sí está registrado y contabilizado” dice Bety, quien confiesa que aunque por ahora está amontonado en la casa de Portales –pues se le está dando prioridad al acervo bibliográfico– Carlos, antes de morir, tenía el proyecto de que toda su colección de películas formaran parte de un cineclub que tuviera su sede en el Museo del Estanquillo, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Bety asegura que es probable que en el corto plazo el deseo de su primo se pueda hacer realidad, pero por ahora, los libros tienen monopolizado su tiempo… y presupuesto.

La colección de arte se vuelve itinerante

Los Monsiváis quedaron como herederos de las más 400 piezas que conforman la colección del Museo del Estanquillo. En ese recinto las estrellas son las pinturas, litografías, grabados, dibujos, acuarelas, miniaturas, maquetas y un sinfín de objetos y obras de arte que alimentaban la otra afición del escritor: el coleccionismo.

Sin embargo, Bety comenta que en ese terreno el que tiene la última palabra es el director del recinto cultura, Moisés Rosas Silva, quien desde antes de que falleciera Monsiváis ya había palomeado con él algunas exposiciones como la del Centenario de la Revolución y otra de los grabados de Posada.

A Carlos todavía le tocó saber que sus tesoros serían expuestos en Oaxaca. Lo que ya no supo es que, tras su muerte, su colección ha sido muy solicitada al interior de la República mexicana y, por lo pronto, ya se mostró con gran éxito en Guanajuato, Guadalajara y Monterrey. Pero apenas comienza la gira.

La música se queda en la familia

Aunque en un inicio pensaron en donarlos a una fonoteca, los Sánchez Monsiváis finalmente decidieron que los cientos de CDs que Carlos acumuló en toda su vida se quedarán con ellos. “Tienen un valor emocional muy fuerte porque era de los placeres que más nos unían a mis cuatro hermanos y a mí con Carlos. Es más, todavía me afecta tanto que no se ha vuelto a tocar música en esta casa”.

Bety no tiene encono en decir que no hay nadie en México con una colección de Espirituals e Himnos como la que formó Carlos. Ella misma también presume que el arsenal de música clásica del acervo Monsiváis es la envidia de todo melómano. Pero todo eso se queda en su familia.

Los gatos pasaron a mejor vida

Pero no porque les hayan arrancado sus siete vidas de jalón, sino porque a decir de Bety “se fueron a un lugar donde iban a vivir mejor”. Y es que desde que Monsiváis estaba hospitalizado la feminista Marta Lamas, amiga muy cercana de Carlos que compartía su pasión por estos animalitos, le propuso a Bety que los gatos más viejos los canalizaran a un asilo que ella conocía y donde los trataban muy bien.

“Marta nos hizo el favor de encargarse de los cuatro gatitos mayores, pero desafortunadamente, pocos días antes de que falleciera Carlos, Mito Genial, el mayor de sus mascotas se murió aquí en la casa. Así que sólo tres se fueron al asilo”. Con respecto al escándalo que se desató de que la familia de Monsiváis estaba durmiendo a sus gatos, tras su muerte, Bety asegura que eso salió “de una persona desiquilibrada (sic) que no tenía idea de lo que estaba pasando aquí”.

La entrevistada asegura que el resto de los mininos se los fueron llevando varios amigos de Carlos, como Susana Fisher quien adoptó a Miau Tse Tung. Eso sí, con carta responsiva de por medio donde se comprometían a hacerse cargo de uno de los tesoros más queridos de Monsiváis.

Carlos y su BIBLIOTECA

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La Ciudad de los Libros

Biblioteca Jose Luis Martínez

La ciudad de los libros Reforma, noviembre de 1994

Como un símbolo de los inagotables recursos morales de México, la mejor biblioteca literaria del siglo XX se abre al público en un edificio que fue el emblema de la violencia artera y sediciosa. Ya hace más de un siglo, la presencia en este recinto de José Vasconcelos tuvo la misma significación: aquí donde se tramó la “Decena Trágica”, aquí donde se asesinó a la democracia, el Estado fundó la “Biblioteca de México” y designó como director al hombre que, luego de la tormenta revolucionaria, había desatado la que él mismo llamó “la primera inundación de libros de nuestra historia”. Generaciones de jóvenes han cruzado a partir de entonces sus arcadas y sus patios para recorrer los estantes, para recogerse en la lectura o, simplemente, para escuchar el silencio. Y ahora, cuando las balas han vuelto a resonar en México, la vieja Ciudadela refrenda esa vocación y se vuelve una biblioteca de bibliotecas.

Junto a sus valiosísimos repositorios, un nuevo acervo vivirá entre estos muros. Es la biblioteca que por casi tres cuartos de siglo construyó José Luis Martínez. Recordemos al hombre. Desde sus años tempranos en Guadalajara, cuando junto con Alí Chumacero copiaba libros que no podían adquirir, hasta sus días postreros en que puntualmente acudía a las subastas de libros antiguos, su vida transcurrió ante, para, por, desde, hacia… los libros. De joven, aprendió el arte tipográfico para poder, él mismo, hacerlos. Más tarde los procuró, los compró, los apreció y los leyó. Autor de una vasta obra de crítica e historia literaria, biógrafo e historiador, editor y animador de la cultura, su biblioteca fue una de sus obras magnas, quizá la mayor, porque, a diferencia de todas las que se llegaron a formar en el siglo XX, la suya estaba vergdaderamente construida, no como una curiosa o ávida agregación sino como una arquitectura editorial.

No es la suya una biblioteca de incunables -aunque contiene obras únicas o raras. Es una biblioteca de conjuntos que fue integrando, con infinita paciencia, para servir, en el espíritu de educación vasconceliano, al lector mexicano interesado en la literatura, la historia y la historia literaria. No por casualidad, una de sus primeras adquisiciones en Guadalajara fueron algunos de los “tomos verdes” que Vasconcelos publicó entre 1922 y 1924 en la Universidad y la Secretaría de Educación. Al referirse a esa multiplicación de los libros como panes, José Luis decía: “yo pienso en esa obra como la primavera cultural; Vasconcelos editaba los clásicos por miles y dejaba que los robaran, que se los llevaran [… confiaba en] que la gente quería los libros y los sabría aprovechar”. En esta biblioteca todas las estaciones serán primavera pero las autoridades serán menos generosas: cada libro llegará a tener un chip para prevenir -no le llamemos robo- el atesoramiento individual de los libros.

Cuidaba su biblioteca como un organismo vivo. Su paciente empeño era enriquecerla y mantenerla al día. En sus últimos años adquirió L’esprit de l’Encyclopédie, quince o dieciséis tomos que disfrutó como niño con un juguete nuevo. Pero sus pesquisas no eran sólo lúdicas: quiso librar a nuestra historia literaria de desequilibrios, distorsiones, omisiones e injusticias. ¿Quién si no él -como ha señalado Gabriel Zaid- podía advertir el olvido de la novela cristera? Para subsanarlo, la adquirió toda, la leyó y la incorporó a esa prolongación reflexiva de sus estantes que eran sus propios textos. Ése y otros cuidados eran característicos de José Luis.

Recibía a los investigadores como un diligente bibliotecario. Hace muchos años le pregunté si tenía la revista La Antorcha en su primera época. “La tengo toda, te espero a las 5”. Acudí por primera vez a aquel templo, no hexagonal como la borgiana “Biblioteca de Babel”, pero igualmente infinito y laberíntico: libros de piso a techo en la sala, el comedor, el mezanine, en las recámaras y antecámaras. Luego de mostrarme la silla original de Altamirano y el librero circular de Justo Sierra, me guió hasta un cuarto en la planta baja, me sentó en el escritorio de Torres Bodet y puso ante mí La Antorcha. ¿Cuántos escritores e investigadores vivieron esa misma escena? Nada era accidental: los objetos de los padres fundadores, las fotografías de sus escritores admirados -Gutiérrez Nájera, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Octavio Paz- y el orden perfecto de los libros. Estaba preservando ese legado ancestral para beneficio del lector de entonces pero sobre todo para el lector del porvenir. Su hazaña es paralela a la de José Fernando Ramírez y Joaquín García Icazbalceta en el siglo XIX: preservar la memoria de México en los libros.

La curiosidad intelectual, la inteligencia crítica, la pasión literaria, el amor a los libros en cada estación de la vida -el arrebatado amor de la juventud, el inspirado amor de la edad madura, el estoico amor de la vejez- no explican suficientemente su vocación. Para comprenderla hace falta otro atributo. Octavio Paz lo expresó en una carta a Tomás Segovia, en 1964: “José Luis Martínez es […] la bondad misma”. Esa bondad que, por serlo, no buscaba su recompensa en vida, la ha encontrado más allá de la vida: salvada del destierro, la desmembración o el olvido, alojada en un hogar que recuerda al suyo, acompañada muy pronto de otras bibliotecas fraternas con las que podrá convivir y dialogar, como la de su gran amigo Alí Chumacero, la biblioteca de José Luis Martínez se ha mudado a vivir en el espacio que soñó: una ciudad de los libros