Carlos Fuentes “Verano Caliente”

Verano caliente


Carlos Fuentes

(1 agosto 2011).- Como si la temperatura no bastara, los acontecimientos del verano han subido el calor europeo. El caso de Rupert Murdoch y su imperio periodístico, ante todo. Como William Randolph Hearst en el pasado, como el Ciudadano Kane en la película de Orson Welles, Murdoch controló centenares de publicaciones y más de cincuenta mil empleados. Su poder se extendió de Australia a Estados Unidos a la Gran Bretaña. Su método consistió en ser “el primero con las últimas”. Para ganar la noticia, intervenía teléfonos, correspondencia, conversaciones. Lo auxiliaba su equipo -¿su pandilla, su “gang”?- de ejecutores. Notable entre todos, Rebekah Brooks con su enorme corona de rizos rojos. Fue ella quien amenazó a Gordon Brown con revelar la enfermedad del hijo del Canciller del Tesoro. A pesar de los pesares, Murdoch, Brooks y sus asociados invitaban y eran invitados por los poderes políticos. ¿Qué importaba que Murdoch entrase al número 10 de Downing Street (residencia y oficina del Primer Ministro) por la puerta trasera? Lo importante es lo que, tras la visita de Murdoch, decía el Primer Ministro en la puerta delantera.

Un ejemplo claro es el del saltimbanqui político Tony Blair. Murdoch le había negado apoyo al Partido Laborista. Blair se lo dio a Murdoch cambiando radicalmente de políticas para favorecer al magnate. Cuyas filiaciones ideológicas eran por demás contradictorias. Apoyaba al Singapur del desaparecido déspota Lee Kuan Yew como “democracia perfecta”. E impedía toda crítica al régimen dictatorial de Pekín. Pero condenaba a Barack Obama y a los demócratas norteamericanos como “comunistas”, a través de su troglodita cadena de televisión, Fox News, y, en menor grado, gracias a su señorío sobre el Wall Street Journal. Y si este círculo de poderes no bastaba, allí estaba su mujer asiática, Wendy, campeona de karate y defensora física de su marido. Como lo demostró agrediendo al agresor que le arrojó un pastel de crema a Murdoch en la audiencia de la Cámara de los Comunes.

Esta, la Cámara, restituyó con la audiencia a los Murdoch su reputación maltrecha después de la revelación, hace poco, de los turbios negocios inmobiliarios de algunos respetables miembros del Parlamento. Todo lo cual -Murdoch, el Parlamento, la prensa vespertina- muestra las fragilidades de la democracia británica digna de todo respeto y admiración mundiales, y de su casa real, que no escapó a las ilegales escuchas telefónicas de Murdoch y su pandilla.

“Este es el día más humilde de mi vida”, dijo Murdoch al principio de la audiencia, interrumpiendo a su hijo James, encargado de dar la versión repetitiva, tediosa de la defensa murdochiana, pronto desinflada por el renovado vigor de los parlamentarios y por las renuncias de los más altos funcionarios de la policía metropolitana, Scotland Yard.

El “caso Murdoch” reveló las complicidades del poder con el dinero y aun las excepciones a este trato cómplice. Gordon Brown disculpa la intrusión falaz en su vida privada y Tony Blair se revela, una vez más, como un oportunista sin escrúpulos: ¿qué decir del actual Primer Ministro, David Cameron, que nombró como asesor de prensa a Andy Coulson, conocido ya como “matón” del equipo Murdoch y al cual Cameron decidió, para su eventual pesar, darle una “segunda oportunidad” en Downing Street? Hoy Coulson está en la cárcel y Cameron ofrece lánguidas excusas al Parlamento. Quien ha crecido visiblemente es el jefe de la oposición laborista, Ed Miliband, largo tiempo considerado sólo el hermano menor de David Miliband, jefe de la Foreign Office con Brown. El “caso Murdoch” le ha dado a Ed Miliband la oportunidad de crecer en el liderazgo laborista y en la opinión nacional: ha salido de la sombra a ofrecer una opción de izquierda viable al desacreditado conservadurismo de Cameron y resquebraja la alianza oportunista de conservadores y demócratas liberales. ¿Qué hará el impasible líder de éstos, Nick Clegg?

Los sucesos británicos ponen en jaque a la derecha “Tory” y los sucesos noruegos a la extrema derecha que personifica el asesino Anders Behring Breivik. A los “finlandeses auténticos” (19.1% del voto en Finlandia). Al partido del pueblo en Dinamarca (13.8%). Al Partido de la Libertad en los Países Bajos (15.5%). Al Partido de la Libertad en Austria (17.5%). Al Partido “Jobbik” en Hungría (16.7%). A la Liga Norte en Italia (8.3%). Y al Frente Nacional de Le Pen en Francia (4.3%).

No quiero decir que estos partidos sean terroristas. Sólo indica que Breivik era parte de la extrema derecha europea y que compartía, básicamente, el contagioso ideario de los neo-fascistas. Los llamo así porque la doctrina de buena parte de sus partidarios es racista, xenófoba y autoritaria. Hablo de contagio porque dirigentes como Angela Merkel, Nicolás Sarkozy, Silvio Berlusconi y David Cameron empiezan a hablar en contra del “multiculturalismo” y la presencia de musulmanes, sus mujeres veladas, su sagrado Korán, su excentricidad, en suma, como implícitas amenazas a la integridad nacional y, aun, europea.

El extremismo de derecha se parece en una cosa al extremismo de izquierda: ambos requieren mártires. Lo fueron los fanáticos suicidas de las Torres Gemelas. Lo es el fanático noruego Breivik. La diferencia, claro, es que los extremistas de izquierda tienden a actuar internacionalmente y los de derecha, localmente. John F. Kennedy, Anwar el-Sadat e Isaac Rabin fueron abatidos por asesinos “locales”. Los sangrientos hechos de las universidades de Virginia, Texas y Columbine fueron obra de criminales norteamericanos, como lo era el más asesino de todos, Timothy Mcveigh, en Oklahoma City.

La publicidad que, con razón, se le ha dado al terrorismo de izquierda no admite que olvidemos el paralelo terrorismo de derecha. Ambos han sido factores para el descrédito creciente de los gobiernos y los partidos políticos en la Europa actual, que además pasa por su peor crisis económica en muchos años. Acaso esta desconfianza otorgue presencia creciente a grupos como los “indignados” españoles. Veremos qué reacción provocan las manifestaciones del Retiro y la Puerta del Sol en las dos formaciones políticas dominantes en España. Mi apuesta es que el llamado “Partido Popular” (en realidad, Partido Conservador) será menos que el Partido Socialista, ahora encabezado por un hombre de gran inteligencia y capacidad, Alfredo Pérez Rubalcaba. Los “Indignados” españoles pronto se verán acompañados por los “Indignados” italianos, franceses, británicos y escandinavos.

Cuando en 1968, año crucial, se juntaron el Mayo Parisino, la Primavera de Praga y la muerte en Tlatelolco, muchos pensaron que eran hechos aislados, sin consecuencia, agotados en sí mismos. Lo cierto es que, con el tiempo, 1968 condujo a Francois Mitterrand y la elección de los socialistas en Francia, al fin del yugo soviético y la democracia en Checoslovaquia y al fin de la legitimidad revolucionaria de los gobiernos de México.

¿Y qué consecuencia, a corto y a largo plazo, tendrán los eventos de este caliente verano europeo?

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