El país de las infinitas excusas

Miguel Carbonell Investigador del IIJ de la UNAM

Llevamos varios días asistiendo al patético espectáculo en el que varios políticos de primer nivel se echan la culpa por no haber logrado sacar adelante las reformas que México necesita con urgencia.

Unos dicen que la culpa la tiene un gobernador, otros reviran que el gobierno y su partido no saben construir mayorías, para algunos la culpa la tiene la fractura dentro de los partidos, etcétera. Es el cuento de nunca acabar.
Lo único cierto es que las reformas importantes siguen detenidas y que el país sigue estando en manos de una clase política que se ha demostrado una y otra vez incapaz de estar a la altura de los retos que tenemos como sociedad.
Lo que parece estar claro es que el fracaso es de la clase política en su conjunto, no de uno u otro partido o de uno u otro legislador.

Hace unos meses la prestigiosa revista The Economist dedicó uno de sus números a estudiar el éxito económico, social y político de Brasil. En la portada se incluía una imagen impresionante del Cristo del Corcovado simulando un cohete que despegaba. Cuando la vi me pregunté si México podría un día merecer portada semejante. Hoy me queda claro que estamos lejos de ser un país que sea capaz de apretar a fondo el acelerador y dar un paso de gigante hacia el futuro que debería esperarnos, pero al que nos seguimos negando una y otra vez.

Lo peor de todo es que nuestros políticos siguen poniendo excusas, una tras otra sin tregua, pero son incapaces de ofrecer soluciones.
Un caso que ilustra bien la mediocridad de nuestra clase política es el del nombramiento de los tres consejeros del IFE, cuya plaza está vacante desde hace más de seis meses. El Consejo General del IFE se integra por nueve miembros. Es decir, los lugares vacantes representan el 30% del total de sus miembros. ¿Qué pensarían los diputados si en su Cámara faltaran por elegir más de 150 miembros, si el Senado tuviera que trabajar sin 40 de sus integrantes o la Suprema Corte tuviera cuatro sitios vacíos? ¿No sería, en esos casos, una absoluta falta de respeto que los responsables de cubrir las vacantes se tardaran más de medio año en cumplir con su tarea? Pues eso es exactamente lo que ha sucedido con el IFE.

No se trata de un desprecio sólo para la institución electoral. Es un verdadero insulto a toda la ciudadanía, que con mucho esfuerzo y no poco dinero ha puesto durante décadas sus esperanzas e ilusiones democratizadoras en el buen funcionamiento de los organismos electorales.

Si revisamos la historia política mexicana de los últimos 20 años podremos percatarnos de la absoluta centralidad que han tenido (y siguen teniendo) los órganos electorales en México. Pero eso no parece preocuparles a nuestros diputados, quienes ahora dicen —en el colmo del cinismo— que los nombramientos de los nuevos consejeros deberán esperar hasta septiembre. Ya nadie duda por qué en todas las encuestas de confianza institucional aparecen en el fondo de la escala: son sencillamente indefendibles.

México necesita mirar al futuro con decisión y dar el salto para ser de una vez por todas el país desarrollado con el que hemos soñado durante tanto tiempo. Para hacerlo necesitamos apurarnos a la reconstrucción política y económica que se requiere. Dicha reconstrucción pasa en buena medida por la actuación de nuestros legisladores, que deben ser capaces de modernizar nuestro mercado de trabajo, diseñar un mejor régimen político, reformar a fondo nuestros esquemas fiscales, propiciar la apertura a la competencia en importantes sectores económicos, fortalecer los mecanismos de supervisión del gasto público y de rendición de cuentas, robustecer el Estado de derecho para dar seguridad jurídica a las inversiones productivas y un largo etcétera.

Nada de eso se podrá lograr si nuestra clase política no deja de seguir enredada en sus mediocres querellas de cada día y empieza a pensar cómo vamos a hacer para que el país despegue. Los cálculos cortoplacistas que hemos visto en los últimos días, plagados de egoísmo y soberbia, es lo que menos necesitamos. De una vez por todas, que se pongan a legislar por el México que merecemos y que hagan a un lado las infantiles excusas que hemos escuchado con una mezcla de resignación y rabia.

¿Es mucho pedir?

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