Capítulo 4to. Luis Sandoval Godoy…

4- D. Jorge Álvarez del Castillo

Luis Sandoval Godoy

No es menor el compromiso con que se inician estas páginas que quieren dibujar una semblanza, esbozar unas líneas que puedan configurar la recia personalidad de D. Jorge Álvarez del Castillo, un hombre que tiene destacada presencia en Jalisco, no sólo por su periódico, sino por él mismo, por los rasgos morales que lo configuran, por su manera de enfrentar los requerimientos de su empresa y por el temple gallardo con que llevó a significar a El Informador en el panorama económico de Jalisco.

Difícil y comprometido el ejercicio de estos trazos, por lo que tiene de controvertido el personaje, por las luces y las sombras que entrechocan en su perfil y, en mi caso particular, por la cercanía más o menos próxima en que las circunstancias me condujeron en actividad periodística, por los más de cuatro decenios en que tuve un espacio entre el personal que él conducía.

Cuando se quiere describir una persona, delinear su perfil humano, es común recurrir a semejanzas, dar apuntes que correspondan a su personalidad, y como quien delinea una metáfora, compararlo con un árbol, una roca, el rugido de un río.

Se quiere transcribir así a D. Jorge Álvarez del Castillo en una encina plantada en la ladera y verla resplandeciente de verde, segura y firme, aunque la golpeen los vientos y la estremezcan las tempestades. Una encina de tronco rugoso y seco cuyo interior, sin embargo, es al mismo tiempo, duro, rosado y fragante.

Una encina de fronda siempre verde y tan resistente a las inclemencias exteriores, que se le ha tomado como símbolo de perennidad y galanura, en la corona de honor que se coloca en la cabeza de los héroes. O pensarlo como una roca firme, de consistencia hecha para resistir vendavales, sin que lleguen a moverla, ni el ventarrón ni la ventisca, ni el torrencial aguacero ni el granizo hiriente.

Y en su dureza, ella misma se vuelve risueña y blanda cuando la besa el primer sol en su cumbre, enrojecida y ardiente en los fulgores del mediodía, y tierna y lánguida, amorosa y blanda cuando las luces del atardecer vienen a acariciar su filos que parecían hirientes.

Recordar la dureza de sus reconvenciones, el tono de sus llamados de atención y pensar en aquel torrente desbocado que viene irrumpiendo en la cañada, golpea las piedras y arrastra troncos de árboles en una fiereza que se creía imposible de contener, hasta que las lomas se rodean de aquel rugir de aguas espumosas y las tienden en la llanura, y forman un remanso quieto a donde se asoman las nubes y el sol refleja su luz.

En relación de fechas y datos biográficos, en reseña sumaria del sendero que ha corrido El Informador, en audaz acopio de señales que dan cuenta del temperamento de D. Jorge Álvarez del Castillo, recogemos una charla con D. Álvaro López Tostado que entiende, conoce y valora los meandros del periodismo como bella y meritoria profesión de servicio social, y conoce y entiende cómo se desenvuelve un periódico entendido y llevado a niveles empresariales de buenos rendimientos. También se irán entrelazando recuerdos personales, evocación de incidentes, acciones y desarrollo en las tareas que llegué a cumplir en El Informador.

Se mencionan hechos, se exponen actitudes, se nombran personas, pero en ningún caso se dice nada con la intención de lastimar y ofender. El recuerdo estricto, la referencia objetiva regulan las páginas que siguen.

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Anduve merodeando en algunos meses por las páginas del periódico El Occidental gracias a la intervención del padre Alfonso Vázquez Corona quien me recomendó en los términos que él creyó convenientes, con el director, don Jesús Cabrera Dávila. Esto fue pasados los cincuenta.

Suponía el director el periódico y tal vez el padre Vázquez Corona le dio a entender que tenía algún ejercicio periodístico, alguna preparación en las lides del caso. Lo cierto es que salvo alguna formación humanística, algún ejercicio en los mecanismos de la gramática y en el uso galano del lenguaje con corrección y elegancia, no traía conmigo sino el destello de las estaciones que iban cambiando los colores del paisaje y las luces del cielo; es decir, que traía la provincia tramada en mis entrañas, y no la  mínima preparación para el periodismo. Ni siquiera sabía escribir en máquina, lo hacía a piquetes de gallina en el maíz.

El Sr. Cabrera Dávila me impuso un ejercicio de prueba y en menos de una semana ya aparecían en la página de El Occidental mis comentarios sobre temas de actualidad que se publicaban con el título de “El Occidental Opina”

Cuando digo que traía en el alma los albores del cielo y la fragancia de los bosques, las flores de la llanada, en las imágenes de mi pueblo, habría sido ocioso explicar que apenas tenía noticia vaga de un periódico llamado El Informador.

Acaso lo presentía por algún comentario acerca de su seriedad, su lejanía, sin pensar, ni soñar que pudiera jamás formar parte en sus filas.

Y un buen día, Alfonso de Lara Gallardo cuyos orígenes de familia arrancaban como en mi caso de eriales zacatecanos, tierras secas y arenosas, cerros desnudos en matices de verde olivo, al norte de la entidad, en el pueblecito llamado, Tabasco, Zac, mencionado en cristiano como Villa del Refugio, tierra de sus ancestros; y mis orígenes desde el Teúl con sus colinas revestidas de encinas, la antigüedad sagrada de su casa de dioses en su peñol señero. Esto pues, la identidad en las raíces nos hacía llevar una amistad en la cual nos dábamos apoyo, comentábamos nuestras luchas por encontrar cada uno el sitial en que habríamos de desenvolvernos.

Así un día me dijo Alfonso: yo ya estoy dibujando para el periódico El Informador. Me encomiendan dibujos publicitarios y estoy dando a conocer mi deseo de ejercitar y desarrollar el dibujo creativo, todo esto a través de un señor del periódico que se llama D. Juan Fernando Zuloaga y precisamente él me ha dicho que quiere conocerlo, que vaya a su oficina. Le hablé de usted y tiene deseos de saludarlo. (Entre paisanos de Zacatecas lo ordinario es el “usted”, raras veces el “tu”).

La extrañeza del caso tenía su explicación. Luego de tres o cuatro meses de estar publicando una columna en El Occidental tres veces por semana, me dieron las gracias en forma por demás atenta, y yo que había probado las mieles de ver un texto publicado en letras de molde, pedí me siguiera publicando el periódico un cuento semanal, sin retribución alguna. Por razón que desconozco, acaso por la curiosidad de los aires pueblerinos, por la ingenuidad de mis relatos, estuvieron durante dos años por lo menos, dando cabido a esos cuentecillos llevados semanalmente a aquella redacción.

Y así sucedió un día, y esta sí fue causa de asombro, la revista Cuadernos Hispanoamericanos publicada en Madrid, allá cuando los ideales de la hispanidad alcanzaban altas inquietudes en nuestra América, tuvo a bien reproducir con respeto absoluto al texto y con mi firma, dos cuentecitos de ambiente rural, “El velorio” y “El viejo”.

A Guadalajara llegaban sólo tres números de aquella revista mensual, ya desaparecida por cierto; uno a El Informador, otro a la Universidad y otro a una Editorial Labor que existía entonces y por confusión o descuido del cartero, era entregada a la Revista Labor de los congregantes de San José de Gracia en cuya redacción tenía yo injerencia.

Así me di cuenta de la honrosa reproducción que hicieron de mis textos y así entendí la razón de aquel llamado del señor Zuloaga quien encontró un sabor, un aliento costumbrista muy al estilo pueblerino, en los cuentos de marras. Lo dijo, lo comentó en un grupo del personal que hacía tertulia en su oficina y Alfonso de Lara le dijo que él conocía a ese tal Luis Sandoval. Por eso, la razón del cordial llamado de D. Juan Fernando.

En días subsiguientes y a la sombra de Alfonso de Lara seguí concurriendo a aquellas reuniones en la oficina del Jefe de Publicidad de El Informador, D. Juan Fernando Zuloaga y así conocí a algunos señorones que formaban el cuerpo de redacción del periódico, o de la parte administrativa, o del departamento de fotografía, aunque siempre turbado y con la timidez provinciana de quien de acerca a ambientes desconocidos.

En algún momento se dio la oportunidad de que el señor Jorge Álvarez del Castillo bajara a la oficina de Publicidad y amablemente me invitó a que, a partir del siguiente lunes, me presentara en su despacho a las diez de la mañana.

No se habló del propósito de esta reunión ni se insinuó la posibilidad de darme alguna ocupación. Se trataba de una visita, un saludo y ya.

Lo curioso es que ese encuentro con D. Jorge Álvarez del Castillo se repitió todos los lunes, a las diez de la mañana. Un encuentro que duraba más o menos una hora y en el cual me preguntaba, pedía mi opinión, me daba la suya sobre los diversos asuntos de la vida de Jalisco en campos de la política, lo que hacían o dejaban de hacer las autoridades, la gente, las condiciones de la economía y por ese línea los temas mil que se podían suscitar cada semana.

Él me escuchaba, yo lo escuchaba y en mi despedida quedaba concertada mi presencia de la siguiente semana. A veces en tono risueño me decía en la despedida: y mucho cuidado, he? Ya no se robe las limosnas de San José.

Esto venía de la broma que había hecho correr el D. Juan Fernando Zuloaga: sabía que tenía a mi cargo una especie de secretaría, su correspondencia y la dirección de la revista Labor, con el padre Ildefonso Águila Zepeda, de San José de Gracia, y tuvo la ocurrencia de contar que me robaba las limosnas del templo.

Cuando se cumplía un año de mis visitas semanales en la oficina de D. Jorge Álvarez del Castillo, un día me dijo que me iba a encomendar a partir de ahí la coordinación de los corresponsales. Ya existía una especie de página en la sección local, una página dedicada a dar noticias de los pueblos, enviadas por los corresponsales que tenían su cargo el envío de asuntos informativos de interés, registrados en su comarca. Recibí el encargo con una veintena, por lo menos, de estas personas de las principales ciudades y poblaciones de Jalisco.

Había que recibir los envíos que hacían los corresponsales en escritura a máquina, en hojas que les enviaba el periódico, especialmente diseñadas para sus notas y acompañadas de sobres previamente rotulados, con la dirección impresa del propio periódico.

Se procuró complacer a estas personas haciendo que se publicaran siempre sus envíos, si acaso con alguna corrección de estilo, o de ortografía y cuando era necesario, alguna recomposición sintáctica.

Esa atención y la comunicación con cada uno de los corresponsales hizo que el número de éstos aumentara, que creciera más la lista de poblaciones que enviaban información de su terruño.

En estas condiciones El Informador tenía en esos ayeres la palpitación viva de su gente. Cada día, la señal fiel de las cosas que acontecían a uno u otro lado de la superficie estatal. Y esto fue así hasta que vinieron los nuevos tiempos.

Bien se entiende que ahora no tenga razón de ser un cuerpo de corresponsales como aquél, dado que hoy, con los teléfonos celulares, con los artilugios del internet, todo lo que pasa en cualquier rincón de Jalisco, o de México o del mundo, puede tenerse al oído o a la vista en el mismo momento en que se están registrando los hechos y nadie va a esperar a que un buen hombre se ponga a redactar, a su manera, tal o cual acontecimiento y doblada la hoja en el sobre, vaya a la oficina de correos a depositar el envío que, en aquellos tiempos,  sería recibido en el periódico, cuando bien sucedía, los siguientes dos o tres días. Los tiempos cambian, el mundo se renueva, cada día amanece  con luces de modernidad.

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En lo que quiere ser una semblanza del personaje que configuró la gran empresa en que fue colocado El Informador, se ha buscado el testimonio de quien siguió de cerca la ruta del periódico y pudo ser testigo de los signos que señalan el ser y el hacer de D. Jorge Álvarez del Castillo.

Es la palabra directa, el recuerdo personal que del periódico y de quien llevó esta empresa a cumbres de excelencia, que tuvo a bien proporcionar D. Álvaro López Tostado, para este efecto.

“Jorge Álvarez del Castillo fue “señor”, prácticamente por su esposa, Doña Estela Gregory. Si no, hubiera sido un “junior” con todos los relumbres económicos y sociales  que se quieran, pero un joven desorientado y vacío.

La señora Estela es una dama en la alta significación de la palabra. Tiene protocolo inglés en la sangre, nacida allá, y tiene también el pensamiento, la educación, la clase, y todo esto representó un contrapeso,  por la influencia directa que tuvo en las acciones de un Jorge emprendedor y dinámico, con dedicación y entrega que no se daban por si solas en el estilo de la sociedad mexicana.

Don Jesús Álvarez del Castillo Velasco, padre de Jorge, en sociedad con los franceses, funda El Informador el año de 1917, año que corresponde al nacimiento de quien habría de ser su sucesor en la dirección del periódico.

Un parteaguas en la vida de la familia y tanto, que estos sucesos se ligan entre sí, y se fija desde entonces como recordación de la vida del periódico y de Jorge, el día 5 de octubre de 1917, dos vidas que se entrelazan en la línea del tiempo, hasta que D. Jesús, ya dueño absoluto, decide poner la buena marcha del periódico a cargo del hijo nacido con esta empresa.

Hay que decir que el periódico, ya instalado en Independencia 300, iba a ser puesto bajo la dirección de un sobrino de D. Jesús, de nombre Eduardo Álvarez del Castillo. Pero una desgracia le arrebató la vida en un accidente en la Laguna de Chapala y en tal motivo, Jorge que había estado totalmente al margen de esta empresa, en viajes y ensayos de estudio de Derecho, en la Autónoma de Guadalajara, de Ingeniería Civil y de Arquitectura y de Periodismo en México, Monterrey, Veracruz, Mérida y  Torreón, y ya casado con Estela Gregory, recibe de su padre la dirección de El Informador.

Cuando toma en sus manos el mando de la empresa empieza por darle un fuerte impulso que consistió, primero, en la instalación de agencias del anuncio de ocasión en toda la ciudad, con lo que abre uno de los filones más importantes y pródigos en la empresa, pues dijeron los lectores, sintió el público, que los anuncios en las páginas del “aviso de ocasión” tenían aquí el resultado efectivo que no ha llegado a tener otro periódico; si bien hay que decir que al reducir sus páginas a tamaño tabloide en  últimas fechas, ha dejado la sensación de retroceso.

Otra de las acciones importantes emprendidas por Jorge Álvarez del Castillo al frente de El Informador consistió en el acuerdo que hizo con los vendedores del periódico, fundando la Unión de Voceadores, al concertar un acuerdo que se mantuvo en vigencia hasta el día de su muerte. Según este acuerdo, los voceadores tenían el compromiso de vender todo el periódico que recibían, sabiendo que no se admitían devoluciones; y que los ejemplares que recogían en el lugar convenido, a las cuatro de la mañana, deberían ser liquidados puntualmente a las diez de la mañana, en las oficinas del periódico.

A la fecha de la muerte de D. Jorge, los voceadores distribuían diariamente 25,000 ejemplares, que entonces debían vender a $ 7.00 cada uno, quedando para el voceador $ 2.00 por cada ejemplar. Esta condición en vigor estricto, hasta el último día de vida de D. Jorge, ha recibido la modificación que corresponde al precio actual de $ 5.00 por ejemplar.

Desde los primeros años de su responsabilidad en El Informador tuvo que enfrentar su nuevo director una serie de problemas, de situaciones difíciles en el país y en el mundo, borrascas políticas y económicas en medio de las cuales pudo Jorge Álvarez del Castillo conducir su nave con tino firme y seguro.

Es a D. Jesús (su padre) a quien le tocó sortear la inestabilidad y el desconcierto que siguió en México después de la Cristiada por las posturas radicales de Plutarco Elías Calles.

Hay que destacar al respecto la actitud señaladamente liberal de D. Jesús, que es la misma actitud que adoptó Jorge. Es decir, no hay injerencia, no hay compadrazgos con la Iglesia Católica. Pero tampoco hay aversión declarada pues D. Jesús fue sumamente respetuoso del pensamiento de los demás, y aún así le cierra el periódico el gobernador Sebastián Allende que tenía gran influencia de las derechas.

Por lo demás, hay que distinguir varias facetas en la personalidad de Jorge Álvarez del Castillo: Está la de su visión política, está su manejo muy personal del aspecto editorial y está su sed de cultura y su insaciable afán por formar valiosas colecciones de arte o de objetos relacionados con la cultura y con el arte.

Aunque nunca tuvo ejercicio político, fue siempre respetuoso de la línea gubernamental. Fue siempre pro gobierno. Y tuvo empeño de por hacer de cada gobernador un amigo. Esto se fortalece con Juan Gil Preciado, casi su coetáneo,  y de ahí, con los hijos políticos de Gil Preciado: Oscar de la Torre, Constancia Hernández Allende. Raúl Padilla, padre, aunque no se llevó mucho con él, Guillermo Cosío Vidaurri. Estos personajes públicos pasan a ser amigos entrañables de Jorge y del periódico; tanto fue así que antes de la comida anual de aniversario del periódico, el 5 de octubre, reunía en su oficina privada a todos los gobernadores. Siempre congregó ahí la plana mayor de la política de Jalisco.

Fueron avanzando los sexenios y con los primeros, llegaron también a hacer presencia, Francisco Medina Ascencio,  Enrique Álvarez del Castillo con quien no tenía parentesco como se podía pensar, y Flavio Romero de Velasco; hasta ahí.

En el ejercicio periodístico reflejó en el periódico su peculiar manera de hacer las cosas. Ya se dijo que al faltar su padre en 1966, asumió la responsabilidad de esta publicación como Director-Editor dándose a la tarea de modernizarla, sustituyendo los sistemas tradicionales, por técnicas avanzadas.

Al impulso de su mano, posicionó don Jorge el periódico en la vanguardia tecnológica y principalmente en equipo humano, con el compromiso de dar a los jaliscienses información oportuna, veraz y con un criterio positivo, constructivo y orientador, de respeto a la dignidad humana, haciendo de El Informador el periódico familiar por excelencia.

El reportero que recogía el aspecto informativo de cada día, el comentarista, el columnista, el artículista que señalaba el sentido de los hechos, convergían todos siguiendo el criterio y la dirección que señalaba don Jorge.

El material de cada día estaba sustentado en una serie de firmas que nunca aparecían. Los lectores sabían que detrás de las columnas del periódico había un cuerpo de gentes preparadas, con capacidad para dar el tono en la significación de las cosas que ahí se informaban; pero no sabían los nombres de estas personas.

Don Jorge Álvarez del Castillo se hacía cargo personalmente de lo que decía su periódico, él respondía por lo que decía cada uno de sus colaboradores a quienes solía repetirles con frecuencia: hay que justificar lo que se dice, pero al mismo tiempo, la manera en que se dice. Revisaba los textos principales, estaba al tanto del formato o diseño de páginas y estableció cuatro secciones bien definidas: la parte informativa, nacional y extranjera, la parte local, la sección deportiva y las páginas dedicadas a espectáculos y entretenimiento en general.

Hay que notar que todos dependían de él. Quienes cubrían un determinado aspecto o una determinada sección, se entendían sólo con él. No quiso seguir un sistema piramidal en el cual se van sucediendo encargos y responsabilidades de uno al que le sigue, abajo en jerarquía. “Él impuso un sistema de celdas que son independientes pero que en su conjunto conforman páneles de operación integral”, colocándose al centro de todo.

Nada tienen qué ver prensas, con avisos de ocasión; ni siquiera se conocen unos con otros. Los de desplegados no conocen a los de circulación; los de circulación a los de administración, ni éstos a aquéllos; pero él los conoce a todos y lleva puntual observación  de lo que hace cada uno en su puesto y guarda con todos una relación amistosa y cordial, al mismo tiempo rigurosa e impositiva.

La vigilancia directa y personal le lleva a actuar a veces en actitudes de prepotencia e intolerancia. Vigila, impone y exige, pero justifica su proceder con un razonamiento lógico: trató de hacer que todo su personal se sintiera parte de un proyecto global, en el cual, él pagaba para que hicieran lo que él quería, y no admitía que nadie decidiera y pensara a por sí mismo.

Con él no había democracia, sino una monarquía absoluta. Cometió muchos errores al no tratar a sus trabajadores como personas, pero esto era parte de su hegemonía. Él quería hacer sentir que el que paga manda, y que el trabajador apreciara la importancia de su trabajo, alentara amor a la empresa, viviera de la mística de El Informador y su actividad respondiera a esa profuna actitud, más que al pago mismo y entendiera que su intolerante extremismo respondía a los signos de una gran empresa que tenían todos que sacar adelante, para beneficio de todos.

Otra de las características de don Jorge Álvarez del Castillo fue su avidez de cultura. La buscaba, la compraba, la adquiría todos los días y por todos los medios. Sobre todo, amaba lo jalisciense, los valores de Jalisco, sus tradiciones, sus grandes hombres, el espíritu identificador de Jalisco y de su capital, y en todo lo que hacía y aparecía en las páginas del periódico, dio señalada importancia a los temas de Jalisco y de Guadalajara.

Su constante interés por la promoción cultural, lo llevó a formar una inmensa biblioteca, de una opulencia bibliográfica única en el país, adquiriendo diversas bibliotecas particulares, como la importante y valiosa biblioteca del Prof. D. José Cornejo Franco; luego, desde México, la del escritor Francisco Monterde; en Guadalajara, entre otras, la del Lic. Víctor González Luna, la del canónigo José González Mendoza. Con personal capacitado, clasificó, ordenó y dispuso en referencia digital todo ese inmenso acervo de libros.

Entre los tesoros bibliográficos de don Jorge Álvarez del Castillo, aparte de incunables nacionales y europeos, de libros únicos en el mundo, raras y exquisitas ediciones de El Quijote, hizo microfilmar desde la Cámara de Comercio, el Archivo Histórico de Indias, de Sevilla, las crónicas de la Provincia Franciscana de Santiago de Jalisco, incluido el tesoro documental del Archivo de Guadalupe, Zacatecas.

En la riqueza de sus valiosas adquisiciones formadas con amoroso empeño, hay sitio para su fototeca, hemeroteca, una sección de filatelia, con una colección de estampillas de México, especializada en Jalisco, así como las secciones de numismática, pinacoteca con pinturas originales de ameritados maestros jaliscienses, videoteca, cine, teatro, museo taurino y una audioteca con discos compactos de arte, cultura y música clásica.

Con el propósito de hacer que la sociedad jalisciense tuviera alguna forma de acceso a las colecciones y riquezas históricas y culturales que reunía de forma constante, en el ámbito mexicano y en el extranjero, creó la Fundación Jesús Álvarez del Castillo en la cual mantuvo, de ordinario cada semana, la presentación de conciertos, conferencias, recitales, invitando a ejecutantes famosos de todo el mundo a la interpretación de música selecta, actos en los cuales solía estar presente por regalarse de tan exquisitos eventos.

En la celebración del 75 aniversario de El Informador, el Concejo Municipal de Guadalajara le rindió un histórico homenaje el 4 de octubre de 1992, al imponer el nombre de “Avenida Circunvalación Jorge Álvarez del Castillo” a la antigua Avenida Circunvalación Norte.

El 19 de diciembre de 2003, recibió la medalla “Francisco Arroyo Chávez” del Concejo de Colaboración Municipal de Guadalajara. En este acto, el señor Leopoldo Font Solana felicitó a don Jorge… “porque se ha hecho merecedor de esta valiosa y preciada medalla, siendo que su vida la ha consagrado a promover innumerables acciones en la divulgación de la cultura  y el mejoramiento social de sus conciudadanos…”

Dentro de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el primero de diciembre de 2004, don Jorge fue objeto de un homenaje como el Bibliófilo de ese año.

Los homenajes y reconocimientos otorgados a don Jorge Álvarez del Castillo en su vida, no pudieron contener el paso demoledor del tiempo, la sentencia amarga que pesa sobre toda existencia humana; y así, en cielos rojos, en la primavera ardiente, a primeros de junio de 2005 se despidió de este mundo, en el solemne funeral con que los franciscanos de Zapopan quisieron honrar su memoria y dar cuenta de su gratitud por el apoyo y las generosas donaciones que hizo a la comunidad.

Su misa de cuerpo presente, a los pies de la Imagen de la Virgen de Zapopan, por cuya devoción y servicio supo manifestarse en pródiga munificencia, tuvo lugar en aquella basílica con una sentida homilía de Fray Leonardo Sánchez Zamarripa.

Y todavía, dos años después de su muerte, resonaron elogios y honores, esta vez de la Universidad de Guadalajara, luego que la colección de más de 112 mil libros que pertenecieron a don Jorge Álvarez del Castillo fueron donados a la nueva Biblioteca Juan José Arreola que se construye en el Centro Cultural Universitario de la Universidad de Guadalajara.

Como acto simbólico, el rector de esta casa de estudios, Carlos Briceño, recibió un ejemplar de la Biblia Oso, que data de 1569. En el acto fue recordado don Jorge como un bibliófilo apasionado de la historia que soñaba a través de los libros y poseía la mayor colección privada de México y una de las más importantes de América Latina”.

oOo

Los días vividos bajo el alero de El Informador. Las tareas cumplidas a la palabra de D. Jorge Álvarez del Castillo. Los sueños, las aspiraciones. Aquel encendido afán por buscar, por decir, por salir en las páginas del diario con un pensamiento, el resultado de la búsqueda realizada en el campo de los acontecimientos, en las luces del arte, en los ideales que se pintan de colores en la imaginación humana.

Hay muchas personas que tuvieron esa dicha, y lejos de una intención monetaria, más allá de lo que corresponde a un salario, tuvieron en sí mismas el deseo de desarrollar su capacidad mental, su disposición literaria, su búsqueda en terrenos de la historia, de la economía, de la política, sabiendo que el fruto de su diligencia sería puesto en columnas, en espacios, en letras de molde en las páginas del periódico.

El señor López Tostado ha hablado de ciertas y cuales circunstancias, señaladas en la voz de mando del director y del orgullo con que el empleado vestía la camiseta del periódico como un honor. Él, desde fuera del muro, pudo advertir interesantes señales del espíritu al interior, y de la mano a veces dura, de la voz a veces blanda, de la intransigencia en ocasiones hiriente, de la suavidad casi paternal en otras de D. Jorge Álvarez del Castillo; cuánto más pueden decir en su recuerdo, quienes a lo largo de una vida trataron de desempeñarse en las encomiendas puestas a cargo.

Hablo por mi cuenta. Hablo de las tareas encomendadas desde el año de 1946 en que empecé a trabajar, hasta el año de 2,007 en el que fui separado, por cierto sin palabra, sin aviso, sin atención cual ninguna, sino dejando de publicar las colaboraciones que el mismo periódico me había pedido.

Muchos años atrás, había dejado el encargo de los corresponsales y por indicación del jefe de redacción, D. José Luis Álvarez del Castillo, sobrino de D. Jorge, empecé a escribir dos editoriales por semana: se me encomendaba la voz oficial del periódico, su juicio, su criterio sobre los sucesos del momento. Una comisión delicada y comprometida que requería madurez, mesura, capacidad de análisis, sentido de responsabilidad, fuerza en la voz, claridad en las ideas, intención de orientar y construir, según fue la norma reiterada que nos señalaba don Jorge.

Al mismo tiempo que los editoriales, los martes y los viernes escribía una columna denominada “En dos por tres”; seis dobles párrafos, en tres bloques, donde al mismo tiempo que el juego físico de la presentación, buscaba dar prontitud, agilidad, enérgica y clara visión de algún acontecimiento determinado: Y esto dicho en elegancia gramatical, en galanuras de lenguaje que quise fuera el signo característico de mis columnas.

Los lunes tenía una tercera colaboración semanal dedicada a la presentación de tres refranes, fuerza intuitiva de nuestro pueblo, habilidad para constreñir en tres palabras un tratado de profunda filosofía, eso que dicen las comadres y lo que se oye en los mercados. Fue una fresca, amable y divertida colección de refranes “en román paladino, en el cual suele el pueblo fablar con su vecino”, pero explicados en una glosa, una interpretación que quiso abundar en el gracejo festivo de los mismos refranes.

Y como si fuera poco, quincenalmente el Suplemento Cultural me dispensaba dos o tres páginas completas para un reportaje sobre un pueblo, un sitio pintoresco, una rinconada de atractivos turísticos, una festividad rumbosa, una hacienda, eso y mil temas que salía a buscar por esos caminos de Dios, en todos los rumbos de la geografía jalisciense y más allá. De aquella serie de reportajes de aliento campesino, me dijo el Lic. Agustín Yáñez, estaba haciendo una colección que iba a utilizar como referencia para un tercer libro sobre la tenencia de la tierra, que llevaría por título: “Cornelio Luna, Comisario Ejidal”. El Prof. José Cornejo Franco, por su parte, ordenó a una de sus secretarias que transcribiera quincenalmente esos reportajes y así formó una alta resma de hojas, de las cuales pude tener copia por bondad de Fray Leonardo Sánchez Zamarripa.

Hoy me parece un ritmo de trabajo excesivo, un desplante que tal vez hoy pudiera ser juzgado más allá de las fuerzas naturales de una persona; pero hay que tener en cuenta el entusiasmo, hay que pensar en el calor, en el gusto, la entrega con que el periódico sabía congregar a su personal, cabalmente por las actitudes contradictorias, el negro y blanco, el grito áspero y la sonrisa amistosa con que D. Jorge sabía conducirse al frente de la empresa.

Hubo de parte del director gestos de amabilidad como el que tuvo cuando, por sí mismo, me llamó para decirme que me iba a comprar un pequeño automóvil para que pudiera seguir recorriendo todos los pueblos, pero tendría que cubrir el importe de este “vochito” con la cantidad de $ 10.00, semanales que él mismo me recibía estampando su firma en una pequeña libreta de pasta negras que dispuse por indicación suya.

O los gritos destemplados y los más duros reproches por la inclusión de un artículo de una ilustre señora que se consideraba lumbrera de la cultura tapatía. Que no debía abrir las puertas del Suplemento a quien quiera que lo solicitara, que debería de emplear un criterio selectivo, tener informe de las personas, conocer sus antecedentes. Y que, ultimadamente, yo estaba obligado a pensar como él. Y en un ademán vehemente, con impulsiva energía barrió de su escritorio la preciosa figura de un gallo en cristal cortado, que cayó al suelo haciéndose añicos. Y de mi parte un gesto de sorpresa, de duelo. Y de su parte, con voz ronca: y qué le importa, tengo muchos.

Y el día que, pensando que ya había llenado una etapa en mi actividad en el periódico, que los años corridos hasta esa fecha me inducían a separarme de la empresa y fui a decírselo con toda atención: que le daba las gracias por el tiempo que me había tenido en esa casa, que iba a despedirme. Y otra vez, su voz entre enérgica y risueña al mismo tiempo: usted se va de aquí cuando yo quiera, va salir de aquí el día que lo saquen con las patas por delante.

Ese era. Así era D. Jorge Álvarez del Castillo, un personaje en claros-oscuros que abrió un capítulo en la historia del periodismo y que hizo de El Informador entonces, el periódico que hendía profundas raíces en la sociedad, por su seriedad, el tino de sus notas informativas, el sentido positivo de sus informaciones, el cuidado en la observancia de normas éticas y de principios morales que inspiraba confianza y aceptación de las familias jaliscienses y fue calificado con honor, por su nivel de calidad y la  excelencia periodística de las mejores plumas de Jalisco y del país.

Luego vimos declinar la salud de D. Jorge Álvarez del Castillo; fuimos viendo que se empañaba su animo, que se hacía lento su paso, apagada su voz, pero no dejaba así de presentarse diariamente en su oficina y de hacer esporádicamente los recorridos nocturnos o al filo de la madrugada, para vigilar los procesos de edición.

Lo vimos así, hasta el día en que se dio la infausta noticia y vimos cómo una multitud apretada de gentes de toda condición, personajes de la alta política del Estado,  empresarios, modestos trabajadores, voceadores del periódico, señalados hombres del arte o de la ciencia y todo el personal del diario, se apiñaban en la basílica de Zapopan, llenaban sus capillas anexas, se desbordaban por las puertas y el atrio, para despedir al hombre de quien no podía hacerse una valoración sencilla: fue personaje de juicios contrapuestos, de altas luces y de sordos reclamos, un hombre que con todo lo que pueda decirse de él, dejó la más honda huella que ha existido en la historia del periodismo en Jalisco.

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5 Respuestas a “Capítulo 4to. Luis Sandoval Godoy…

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  2. Don Luis, que palabras tan hermosas, que hacen llevar la vida de una manera placentera gracias a su astucia e inteligencia, le agradecemos sobre manera y le desamos muchos años de vida, para seguir disfrutando de su trayectoria.
    Gracias de nuevo.

  3. Muy interesante la crónica de Don Luis Sandoval sobre Don Jorge Alvarez del Castillo, pero debo expresar que en mi trato con él siempre recibí un trato amable y cordial, nunca un grito. Su trato como patrón fue paternalista y al empleado que renunciaba lo consideraba como un hijo ingrato que se va de la casa. Gratos recuerdos tengo de Don Jorge en los nueve años que trabajé en El Informador. De lo que escribió Álvaro López, hay algunas cosas que no sucedieron como él las cuenta.

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