Nuestro Periodismo… intentos!!!

¿Cuantas veces nuestro periodismo es mas conjetura que veracidades?, no veo nada de malo en que la verdad sea un proceso de decantación de un suceso, de una noticia, de un accidente, de un secuestro… de lo que sea. Pero es importante saberlo.

A mi reclamo sobre el hecho de ir tras de la recuperación de Diego Fernández, ir por el, recuperarlo, desecuestrarlo, por arriba de lo que piense su familia, los medios (TELEVISA) si es un secuestro en marcha (¿?) o el mas especular acontencimiento de impacto para Gobernación, el Despacho FDEZ y Cía, la familia,  o al mismo Calderón…

Esto es un agravio a México a los mexicanos….  así he deambulado entre noticias, noticieros, internet hasta que me tope el editorial de REFORMA de  Miguel Angel GRANADOS CHAPA que me iluminó, me nutre de información y coherencias un momento… descubriendo que sus conclusiones son  un proceso de información.

El proceso se manifiesta días antes conforme fue llegando la misma información la cual EL fue presentado…. y es el proceso de la presentación la que cuando creo que se ha llegado a la verdad… tanta especulación y reflexiones terminan por volver la verdad en completa realidad solo para INCRÉDULOS…

Hipótesis sobre Diego

Conforme pasan los días sin que reaparezca Diego Fernández de Cevallos —de quien formalmente no se tiene noticia desde el 14 de mayo por la noche— aumentan el número y la variedad de las conjeturas, las versiones sobre el significado de la desaparición del ex candidato presidencial, acerca de la identidad e intenciones de quienes se lo llevaron y en relación con el paradero del relevante político.

Algunas tienen importancia por la coherencia de la explicación, otras por su procedencia.

Este último es el caso, por ejemplo, de la difundida por Fauzi Hamdan, una de las personas más próximas, profesional y personalmente a Fernández de Cevallos. Fue Diego mismo quien llevó al ahora rector de la Escuela Libre de Derecho a la política, como candidato externo a una diputación, en 1991. Fueron después juntos al Senado, donde fue visible y sensible la confianza que el coordinador de la fracción panista dispensaba a quien, por lo demás, era también socio en su despacho.

Para Hamdan, fue un grupo de poder el que se llevó a Fernández de Cevallos. Dijo a Carmen Aristegui que “se ve claramente, por todas sus acciones externas y señales (que se trata) de un gran poderío, de una gran organización, de grandes recursos. No sé si haya algún contenido ideológico en este grupo, pero podría haberlo”. Desechó, por lo tanto, la tesis del secuestro meramente mercenario. Conocedor del entramado de los negocios del “Jefe” Diego, su afirmación aproxima, y avala en cierto sentido, otras hipótesis que suponen que por la libertad del panista eminente se pagará no sólo dinero sino también información cuya entrega significaría una especie de baldamiento, pues disminuiría las amplias capacidades de movimiento y acción que hasta ahora ha ejercido el aspirante presidencial en 1994.

En más de un sentido coinciden el dicho de Hamdan, y sus implicaciones, con la exposición hecha por Antonio Navalón, la más completa publicada en torno de la desaparición más sonada en lo que va de este siglo. La conjetura importa por quien la origina y por quien la difunde. La fuente sería “un secretario”, cuyo nombre no se menciona y discretamente se busca nublar, pero que sólo puede ser el de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna. Permite suponerlo el vasto aparato de inteligencia que “el secretario” puede manejar, capaz de tener intervenidos teléfonos públicos en número tal que haya permitido localizar aquellos desde donde los captores de Diego hicieron su primera llamada.

El poderío de quienes tienen consigo al “Jefe” sería en cambio de tales dimensiones que remitieron a “el secretario” fotos de los agentes que envió a la imposible tarea de tomar huellas digitales en aparatos utilizados todos los días, aun con el auge de la telefonía celular, por cientos de personas.

Las fotos llegaron acompañadas de un mensaje: “una sola vulneración más del acuerdo y verán la ejecución de Diego en vivo y en directo”. El acuerdo aludido es el de los captores y la familia, que mantiene al margen a ciertos medios colaboradores y fuera de la indagación a las autoridades. A ese acuerdo ha faltado “el secretario”, quien “supo que el Estado no se podía retirar aunque lo ordenara el Presidente, entendió la necesidad de saber quién se lo había llevado y decidió investigar y cumplir con su deber”.

A partir de ese momento el cruce de mensajes se realiza en templos guanajuatenses, pista que a un investigador serio, como no parece serlo “el secretario”, habría ya conducido a precisar el paradero si no de Fernández de Cevallos sí al menos de quienes lo mantienen cautivo. Se negocia un doble pago: dinero en efectivo “y material del que se están haciendo” los captores. Se ha pactado cubrir “50 millones de dólares o 550 millones de pesos pagados en una sola entrega.

El dinero se está recaudando. Hay quien ha estado dispuesto no sólo a colaborar con el silencio, el retiro o con mirar hacia otra parte, sino poniéndole dinero a la charola” (El Universal, 7 de junio).

Antonio Navalón pudo haberse ganado perfectamente la confianza del “secretario” que le habría confiado las anteriores informaciones. Disfruta un sitio de privilegio en el ambiente político y periodístico mexicano.

Operador de Felipe González cuando éste encabezó el Gobierno español, aprovechó la estrecha relación del PSOE, el partido entonces en el poder, con el vasto imperio mediático de Jesús de Polanco, y cuando González fue vencido por José María Aznar, Navalón fue nombrado delegado de Prisa en México y como tal es responsable de la edición mexicana de El País (que ahora circula adosado a un poco significativo diario tabloide especializado en economía). Gestiona los asuntos de ese cargo en un amplio despacho en el Paseo de la Reforma donde se graban las emisiones del programa “Sobremesa”, dirigido por Navalón, y difundido por TV UNAM, el canal de los universitarios.

Escribe además en El Universal y tiene acceso a políticos y funcionarios de alto nivel.

Sintetizo, en fin, la muy coherente hipótesis forjada por un legislador eminente, con experiencia académica y profesional en criminalística y seguridad pública, y quien se allegó datos de la averiguación oficial. No llega a usar la palabra autosecuestro pero subraya que no se escuchó el motor del vehículo en que se habrían llevado a Diego, ni tampoco se registraron huellas de su rodamiento.

Si no se tomó nota de esas señales, reflexiona, es porque no las hubo, pues la presunta víctima habría llegado como se sabe pero quizá no fue llevado como se supone.

miguelangel@granadoschapa.com

Saque cada uno de ustedes sus conclusiones

Saludos ALVARO LOPEZ ICONO GDL

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Una respuesta a “Nuestro Periodismo… intentos!!!

  1. La gran condena de los mexicanos es la mentira. No hay casi suceso que no despierte sospechas y no puede ocurrir tampoco acción alguna que no haga pensar en un engaño. Mentimos por costumbre y por principio. Pero esta adicción a la falsedad nos trasforma fatalmente en una raza de gente esencialmente desconfiada. Y así, nada es lo que es, todo es resultado de enredosos arreglos y no puede haber jamás interpretaciones simples, y lógicas, de la realidad.

    Nuestra naturaleza evasiva facilita ciertamente la convivencia —solemos rendir al prójimo un trato ceremonioso de prometedoras amabilidades— pero revela, al mismo tiempo, una profunda incapacidad para afrontar las cosas con la entereza del que está dispuesto, desde un principio, a vivir las consecuencias de sus actos. Somos, de tal manera, conciliadores de oropel pero en el fondo nos oponemos a casi a todo porque nada nos convence.

    Llevamos sobre el lomo una larga historia de embustes: las elecciones eran fraudulentas, los ricos eran pillos, los políticos robaban, los extranjeros saqueaban el país, los pobres eran irremediablemente haraganes, los curas se amancebaban en fin, no había ámbito de la vida nacional que pudiera salvarse de la deshonestidad. Hoy mismo, la clase gobernante sigue estando bajo sospecha, Carlos Slim se ha enriquecido porque le quita dinero a millones de mexicanos, Felipe Calderón es un presidente “espurio”, los narcos controlan por igual a empresarios y politicastros, la Federación del balompié celebra oscuros maridajes con las televisiones, etcétera, etcétera, etcétera.

    Lo peor, sin embargo, es que muchos de estos cuentos tenebrosos son ciertos. Miren, para mayores señas, los precios inflados de las medicinas que compra el sector público y la escandalosa impunidad que el “sistema” sigue garantizando a los multimillonarios líderes sindicales, auténticos intocables; miren, también, los tráficos de terrenos y las licitaciones amañadas y todos esos comercios, realizados en la sombra, de los que no podemos siquiera imaginar la maña con que han sido concebidos.

    Ahora bien, una sociedad que no cree, que vive en la más persistente desconfianza, es una sociedad que no puede crecer ni evolucionar. Pero, no sólo eso: estamos viendo, por el contrario, una preocupante involución, un retroceso en la vida pública del país. La idea misma de la democracia, por ejemplo, no parece convencernos a los habitantes de México. Teníamos ya un organismo ciudadano, el IFE, absolutamente ejemplar en todos los sentidos; habíamos logrado, al mismo tiempo, ciertos niveles de certidumbre en lo que se refiere al desempeño de las instituciones y una participación muy saludable en los procesos de ciudadanización. Ha ocurrido, por desgracia, un movimiento de “restauración” del antiguo orden, por así decirlo: luego de la embestida del Congreso, las autoridades electorales son menos autónomas y, encima, se ocupan de asuntos que no les corresponden; amplios sectores de la comunidad “artística e intelectual”, azuzados —e hipnotizados— por un mal perdedor, descalifican pura y simplemente la validez de nuestro sistema democrático; se cuestiona y se critica la práctica totalidad de lo que se hace en la nación; y, finalmente, se desconocen los aciertos que han tenido lugar en los últimos tiempos y se fomenta, así sea de manera inconsciente, un clima de lúgubre pesimismo.

    La oposición debería, en este sentido, reflexionar sobre el país que le tocará gobernar en 2012. Porque, señoras y señores, si ahora propiciamos el descrédito total de lo público —de las instituciones, de los organismos y de los procesos— entonces la llegada del próximo salvador de la patria va a tener consecuencias verdaderamente intrascendentes. El siguiente presidente de la República, en el país de la mentira programada, será un personaje irremediablemente marcado por las mismas sospechas de siempre y estará atado de manos: no tendrá organismos confiables para trabajar.

    Los mexicanos mentimos mucho. Pero tenemos que aprender a creer que los otros sí dicen, a veces, la verdad. O, por lo menos, otorgarle una voto de confianza a las instituciones. Aunque no queramos admitirlo, no todo está podrido en el reino.
    revueltas@mac.com

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